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DEL “AUREA MEDIOCRITAS” AL IMPERIO DE LOS MEDIOCRES.

“La prudencia es incluso más apreciable que la filosofía;

de ella nacen todas las demás virtudes,

porque enseña que no es posible vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente ,

ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir feliz.

Las virtudes, en efecto, están unidas a la vida feliz y el vivir feliz es inseparable de ellas”.

(Carta a Meneceo, Diogenes Laercio, Vitae Philosophorum Libro X Epicuro).


Hay un concepto que procede del mundo clásico, y que creo que tendría que ser un faro para nuestras conductas y formas de actuar y más en los tiempos que nos están tocando vivir: es el “Aurea Mediocritas”. Esta es una expresión latina que significa “la dorada medianía”, y que alude a la búsqueda y al alcance de un deseado punto medio entre los extremos; o lo que es lo mismo, un estado ideal alejado de cualquier exceso, mediante la justa medida de los opuestos.

Este concepto presente también en las doctrinas de Confucio y de Buda, es patente en la filosofía griega, de donde la toman los romanos. Para el pensamiento griego, esta “mediocritas” fue un atributo de la belleza: simetría, proporción y armonía. Es decir, la justa medida, el equilibrio sin excesos. Fundado en la idea griega del "justo medio", aparece en el libro Gorgias de Platón ligado a la justicia, y en Aristóteles (Ética a Nicómaco, VI) a la virtud.

Así en Las leyes de Platón podemos leer : ,... "para llevar una vida racional, es preciso... que hayamos aprendido a administrar convenientemente nuestros deseos y nuestras pasiones, dándoles la satisfacción "justa", sin pasarnos ni quedarnos cortos. En su respuesta a las demandas del cuerpo y del alma, nuestra parte racional ha de encontrar un equilibrio que consista en algo así como un "punto medio" entre el exceso y el defecto.

Aristóteles identifica la "virtud" (areté) con el "hábito" (héksis) de actuar según el "justo término medio" entre dos actitudes extremas, a las cuales denomina "vicios". De este modo, decimos que el hombre es virtuoso cuando su voluntad ha adquirido el "hábito" de actuar "rectamente", de acuerdo con un "justo término medio" que evite tanto el exceso como el defecto. "... la actuación de acuerdo con el "justo término medio" o conforme a la "virtud" requiere de un cierto tipo de sabiduría práctica a la que Aristóteles llama "prudencia" (phrónesis).

El termino llega a nuestros días popularizado en la obra del gran del escritor romano Horacio (siglo I a.C.), En las "Odas" aparece como tema poético. (Carminum II, 10 -"A Licinio"-):Un fragmento dice: "Auream quisquis mediocritatem / diligit, tutus caret obsoleti / sordibus tecti, caret invidenda / sobrius aula". “El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia”.

Horacio es famoso por muchas cosas pero, sobre todo, por tres temas primordiales reflejados en su poesía y que han tenido una enorme influencia en la literatura universal, fundamentalmente en el Renacimiento. En primer lugar el “beatus ille” , que es el elogio de una vida retirada del mundanal ruido que tanto impresionó a nuestro Fray Luis de León. En segundo término, el “carpe diem” , famoso por la película el “Club de los Poetas Muertos”, que es la invitación a gozar del momento, a aprovechar el tiempo de la juventud y por último el “aurea mediocritas”.



Los clásicos nos legaron el concepto del 'aurea mediocritas' (“Dorada Mediocridad”) con el que intentaban explicarnos que el estado ideal del ser humano se sitúa en el punto medio entre sus pasiones. El termino mediocre encuentra su etimología en la palabra del latín mediocris, (medio, común, mediano, ordinario) que se considera por muchos autores como una unión de medius (medio, intermedio, de en medio, central) y ocris, una palabra arcaica que significa montaña o peñasco escarpado cuyo significado vendría a ser, que se quedó a “medio camino de la cima de la montaña”.

Actualmente la palabra “mediocridad”, ha tomado un significado de connotaciones negativas, según la RAE se entiende como "mediocre a aquello de calidad media, o de poco mérito, usualmente tirando a malo", y cuando se refiera a una persona se entiende, que carece de un talento, habilidad o destreza especial o no tiene la suficiencia capacidad para la actividad que realiza o tiene encomendada y no posee méritos propios de los cuales sentirse orgulloso.

La deriva del termino hacia connotaciones negativas no deja de ser triste, porque la "mediocritas", es decir, la búsqueda de la medianía, del equilibrio, del control de los abusos, del disfrute de lo bueno sin propasarse, de la armonía, de la justicia y la virtud, debería ser un norte en este actual mundo de excesos y desmanes. Será esta derivación del significado lo que nos delata como incultos y analfabetos filosóficos y nos sitúa en la senda del advenimiento de lo que se ha venido a llamar "el imperio de los hombres mediocres".

Pero el concepto de hombre mediocre no es nuevo, ya en 1913 José Ingenieros, médico y sociólogo argentino publicó un libro titulado (El hombre mediocre, Ed Porrua 2008) En el se habla de que "no hay hombres iguales", y los divide a su vez en tres tipos: El hombre inferior, el hombre mediocre y el hombre superior o idealista. La obra analiza las características morales de cada uno, y las formas y papeles que estos tipos de hombres han adoptado en la historia, la sociedad y la cultura.

En el libro el hombre mediocre se describe como "incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente. El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra aprender a amar. En su vida acomodaticia se vuelve vil y escéptico, cobarde. Los mediocres no son genios, ni héroes, ni santos.

Un hombre mediocre no acepta ideas distintas a las que ya ha recibido por tradición, entra en una lucha contra el idealista por envidia, intenta opacar desesperadamente toda acción noble, porque sabe que su existencia depende de que el idealista nunca sea reconocido y de que no se ponga por encima suyo".

El hombre superior o idealista sin embargo es " capaz de usar su imaginación, contribuye con sus ideales a la evolución social, por ser original y único; no se somete a dogmas morales ni sociales; consiguientemente, los mediocres se le oponen. El idealista es soñador, entusiasta, culto, de personalidad diferente, generoso, indisciplinado contra los dogmáticos. Como un ser afín a lo cualitativo, puede distinguir entre lo mejor y lo peor; no entre el más y el menos, como lo haría el mediocre".

El libro de José Ingenieros tuvo gran influencia en la juventud argentina de su tiempo y en especial en el movimiento de la Reforma Universitaria iniciado en 1918. Algunas de sus categorías fueron tomadas y reformuladas dos décadas después, por el filosofo español José Ortega y Gasset, para construir su conocida antinomia entre el hombre-masa y el hombre-noble, realizada en su libro "La rebelión de las masas".

Una característica propia de la condición humana, es la denominada "presión por la excelencia", una tensión interna que nos lleva a buscar la superación de nuestro estado actual, todos queremos ser mejores, estar mejor. Determinados individuos no logran alcanzarla, o desean les sea regalada, lo que puede desembocar en algunos casos en distintos tipos de trastornos psicopáticos como el defecto o la ausencia de interés o aspiración hacia la excelencia. Ello condicionaría la aparición de un rasgo de personalidad psicopática y que ha sido estudiada desde el campo de la Psiquiatría, con el nombre de "trastornos por mediocridad". J.L. González de Rivera (Psiquis, 1993, 14: 61-70; Am J Psychol, 1993, 53: 77-84; Psiquis, 1997, 18(6): 229-231). Son personas con las que nos podemos encontrar en nuestra vida diaria y que responden a tres tipos distintos bien definidos por este autor:

Tipo 1. Forma simple.

Son formas leves. Responde a individuos conformistas, incapaces de toda creatividad que siguen caminos trazados por otros y que bien entrenados pueden reproducir en su conducta formas externas de procesos creativos, tanto artísticos como científicos. Su actitud y actividad les hace sentirse felices de acuerdo con sus necesidades, e incluso útiles para tareas concretas. Su propia mediocridad favorece su conformidad y se adaptan bien al mundo materialista y consumista en que vivimos.

Tipo 2. Mediocridad inoperante, también denominado "pseudoperante" o "pseudocreativa".

Son formas moderadas. Engloba a personas que solo pueden imitar, copiar o fingir, dado que tienen dificultades para crear, distinguir lo bello de lo feo y lo bueno de lo malo. Como consecuencia se limitan a imitar los procesos de actualización predominantes del individuo normal, sin ir más allá del cumplimiento de las exigencias mínimas, pero con tendencia a añadir elementos pasivo-agresivos. Repiten acciones repetitivas e imitativas y prefieren lo trillado a lo innovador. El resultado es que no progresan y cuando intervienen condenan todo al estancamiento. Se corresponderían con el perfil del fatuo que pretende dar la impresión de que hace algo importante e incluso se lo cree. Se sienten satisfechos de sí mismos. Si desempeñan funciones de poca responsabilidad no ocasionan demasiados problemas, pero se convierten en una forma grave cuando ocupan cargos de cierta exigencia, pues los ejercen con reiteraciones de las funciones burocráticas, en un intento de esconder la falta de operatividad. El resultante es que la organización de la que son garantes muestra una parálisis funcional progresiva.

Tipo 3. Mediocridad Inoperante Activa (MIA).

Es la forma grave y maligna, tanto por sus consecuencias como por sus propósitos aniquiladores e invasivos. Abarca a personas con una gran actividad inoperante, asociada a un gran deseo de notoriedad y de control e influencia sobre todos los que de ellos dependen. El que padece MIA se puede encontrar en ambientes académico-universitarios y en organizaciones complejas, como pueden ser nuestros hospitales y otras grandes empresas. En esos ambientes se encapsula en comités o incluso en puestos de alta dirección, en los que su influencia, seguimiento y control es de tal grado que llega a entorpecer e incluso aniquilar a los individuos brillantes y creativos. Para cumplir con esta finalidad impone todo tipo de regulaciones y obstáculos para dificultar las actividades creativas y rentables. En paralelo asigna a los más válidos un elevado número de trabajos innecesarios e inútiles, o tareas por debajo de la preparación y capacidad de los mismos. Llevado por la envidia y la incapacidad para valorar la excelencia de los demás, desarrolla sofisticadas medidas de persecución y entorpecimiento. Y por si fuese poco, ensombrece o calla cualquier información positiva sobre otros y/o amplifica o inventa rumores o datos ambiguos para tratar de desprestigiar a esas personas.

Íntimamente unido al MIA , aunque no de forma exclusiva, está el síndrome del acoso institucional o mobbing. Tres son los grupos de sujetos con riesgo de padecer mobbing: las personas envidiables, brillantes y atractivas, debido a que los que lideran o dirigen el grupo se sienten cuestionados por su simple presencia; los vulnerables, individuos con alguna peculiaridad o defecto; y finalmente las personas activas, eficaces y trabajadores que ponen en evidencia los déficits de lo establecido.

Pero ¿porqué existe esa sensación de que muchas veces estamos en manos de mediocres y lo más preocupante, ¿cómo han llegado a esos puestos de responsabilidad? Los mediocres son tenaces tienen un talento especial para estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso, son brillantes en su mediocridad. ¿Pero cómo es posible que consigan alcanzar cotas más elevadas que otras personas más inteligentes, más preparadas, más geniales? . A diferencia de los genios, que por descontado suscitan envidias y recelo, los mediocres vuelan bajo para no ser detectados y poco a poco se van haciendo imprescindibles. Pelotas sin desanimo, los mediocres tienen una poderosa arma, su resentimiento y egolatría, una fuerza motriz tanto o más útil que el idealismo, o la inteligencia incluso. Los Mediocres son peligrosos cuando tienen éxito pues para proteger la situación que tanto les ha costado alcanzar y que tan grande les queda, se transforman en despóticos, gustan de dar órdenes absurdas, injustas y hasta caprichosas. Y ya arriba tienden a rodearse de personas que no les hagan sombra. Por eso en su imperio florecen los necios, los tontos útiles y, por supuesto, una corte de aduladores y mediocres de medio pelo. Otra táctica es, hacerse temer puesto que no pueden hacerse admirar y ¿ cómo pueden conseguir que sea difícil arrancarlos de su pedestal?, es dificil que se vayan de motus propio, pues lo logran practicando el «divide y vencerás», la arbitrariedad más obscena y hasta la crueldad más refinada.

Da la sensación de que cada vez hay más de Mediocres en puestos relevantes. Cuando la opinión de un “influencer” o un “youtuber” tiene más repercusión que la de un científico reputado; cuando lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo reprobable se miden solo por el número de “ me gusta”, en las redes sociales, no es fácil que alguien se esfuerce en trabajar por la genialidad y la excelencia, cuando todo es maquillaje en vez de real, uno se pregunta si no será que el imperio de los mediocres ha llegado para quedarse...

Podría ser que nos estamos acostumbrando a un mundo en el que lo mediocre, lo que no destaca por ser ni demasiado malo ni demasiado brillante, está acaparando el poder.

Estamos asistiendo a la dictadura de lo mediocre.

«Vivimos un orden en el que la media ha dejado de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y ha pasado a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar», así lo expresa Alain Deneault, filósofo y profesor de Sociología en la Universidad de Québec y autor de "Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder" (Ed. Turner 2019), un ensayo que analiza cómo las mediocres aspiraciones que invaden la sociedad están provocando ciudadanos cada vez más idiotas, «La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante».

"El sistema no quiere a un maestro que no sepa ni usar la fotocopiadora, pero menos aún aceptará a un maestro que cuestione el programa educativo tratando de mejorar la media", ejemplo práctico que pone Deneault para entender el juego perverso del que habla en su libro. Traslade amigo lector, el modelo a cualquier otra profesión, vale para todas, nos encontramos un panorama con profesores universitarios que en lugar de investigar rellenan formularios, periodistas que ocultan grandes escándalos para generar clics con noticias de consumo rápido, artistas tan revolucionarios como subvencionados y políticos que para qué hablar.... Ni rastro del orgullo por el trabajo bien hecho. «Por oportunismo o por temor a represalias estructurales, es difícil resistir la presión de la mediocridad», lamenta el filósofo canadiense.

«Los mediocres se organizarán para adularse unos a otros, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que irá creciendo atrayendo a sus semejantes», sostiene Deneault. «Es un círculo vicioso». El imperio de los MEDIOCRES.

Entonces ¿sería más peligroso un profesional mediocre que uno directamente malo?

Para el poder establecido, no. Mediocridad no es sinónimo de incompetencia. Los poderes establecidos no quieren perfectos incompetentes, trabajadores que no cumplan su horario o que no obedezcan órdenes. En realidad cuesta ser mediocre. Uno puede ser un mediocre muy competente, es decir, aplicado, servil y libre de todas las convicciones y pasiones propias. En ese caso, el futuro es suyo porque las instituciones de poder son reacias a codearse con personas comprometidas política y moralmente o que sean originales en sus pensamientos y métodos.

La alternativa, nos recuerda Alain Denault, es la «grisura», lo «insípido». Ya saben, lo mediocre. El buen líder de un equipo se apoyará en las fortalezas de sus miembros y las fomentará para conseguir que las cosas salgan adelante. Un rasgo de un líder fuerte es que se rodea siempre de los mejores, a poder ser mejores que él mismo, porque al rodearse de los mejores consigue un equipo mejor, y por tanto unos resultados mejores. Sin embargo estamos rodeados de Mediocres, que solo quieren a su alrededor personas todavía más incompetentes que les hagan sentir seguros de su poder.

Por desgracia ello conlleva a que existan líderes mediocres que ocupan puestos de liderazgo sin capacidad para ello, sin habilidades sociales, sin respeto por los demás, sin empatía, sin vida social, sin amigos de los de verdad (de los que te ponen los puntos sobre las íes y te dicen la verdad, no lo que quieres oír), sin capacidad para proponer iniciativas propias, sin capacidad para poner en marcha iniciativas de otros. Y que, gracias a su puestecillo y desde su poltrona, pueden bloquear las iniciativas de los demás, haciendo gala de algo aún más grande que su incapacidad: su prepotencia ególatra.

Seguro querido lector, que hay alguien en tu entorno personal o laboral que te viene a la cabeza cuando leas estas palabras. Estoy convencido, porque todos tenemos al menos uno de ellos alrededor. Y son personajes oscuros y dañinos. Destructivos. Eso sí, hay algo peor, que ser víctima directa de su influjo, y es que acabes seducido por esa falsa promesa de éxito servil y termines siendo uno de ellos. Cuidado..

Poner al descubierto las artes del “Hombre Mediocre”, es el primer paso para evitar su ascensión.

Está claro que no todos vamos a ser genios en la vida, pero si podemos ser “geniales”, ósea lo que todos entendemos por "buena gente". De hecho, podría afirmar que sé de personas excelentes en su trabajo , con una gran creatividad , pero que nunca serán grandes genios, ahora eso sí, son grandes profesionales y mejores personas, "geniales". Habría a su vez que poner en cuarentena a la gente a la que se le llena la boca de ego al hablar de la mediocridad de los otros, siendo tan mediocres como el que más. Cuanto falso genio da mala fama a los auténticos genios. Yo por ejemplo, no aspiro a ser un genio. No tengo el afán de que mi nombre pase a la historia, sino el de sentirme satisfecho con lo que hago, hacer bien lo que dependa de mi y no pisar a nadie, trabajar no por el reconocimiento o por el aplauso si no para inspirar.

Deberíamos rescatar de nuevo el concepto clásico de Mediocritas, es decir, el de buscar el equilibrio y la armonía, la proporción, la virtud y la justicia en nuestra forma de actuar y comportarnos con nosotros mismos y con los demás. Debemos evitar que el imperio de los mediocres siga creciendo...



José Javier Domínguez González. Cirugía Ortopédica Oncológica, MD Anderson Cáncer Center. VP. Área Médica de ICL Foundation.

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