Buscar
  • ICL Foundation

LA HISTORIA DE LA VIRUELA Y DE LA PRIMERA VACUNACION MASIVA DE LA HISTORIA. LA EXPEDICION DE BALMIS.




La viruela figura entre las enfermedades más devastadoras que jamás hayan existido en la historia de la humanidad. Alteró dramáticamente el curso de la historia, incluso contribuyendo al declive de civilizaciones enteras.

La viruela es una enfermedad muy contagiosa causada por el virus de la viruela, un ortopoxvirus. La viruela se transmite de una persona a otra por inhalación y con menor eficacia, por contacto directo. Las prendas de vestir y la ropa de cama contaminada también pueden transmitir la infección. El contagio es más probable durante los primeros 7 a 10 días tras la aparición del exantema. Una vez formadas las costras sobre las lesiones cutáneas, la infectividad disminuye, hasta que se desprende la última costra. La tasa de ataque alcanza el 85% en personas no vacunadas y cada caso primario puede ocasionar entre 4 y 10 casos secundarios. La enfermedad causa la muerte en hasta el 30% de los pacientes. La infección natural se ha erradicado. La principal preocupación por brotes epidémicos que pudieran darse en el futuro se relaciona con el bioterrorismo. La enfermedad se manifiesta con síntomas generales graves y un exantema pustuloso característico. El tratamiento en general es sintomático y puede efectuarse con agentes antivirales.

Gracias a la vacunación mundial, no se han informado casos de viruela en todo el mundo desde 1977. Se declaró erradicada en 1979 después de un programa de vacunación mundial que está considerado como una de las victorias más importantes de la medicina moderna. En 1980, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó la suspensión de la vacunación antivariólica sistemática. Dado que los seres humanos son el único huésped natural del virus de la viruela y como éste no puede sobrevivir > 2 días en el medio ambiente, la OMS declaró erradicada la infección natural.


Posiblemente la viruela date de la época de los primeros asentamientos de las tribus de cazadores recolectores hace unos 10.000 años. Las pruebas forenses más antiguas de la enfermedad datan del Faraón Egipcio Ramsés V, quien murió en 1157 a.C. En sus restos momificados se encuentran marcas de viruela en la piel. La enfermedad se extendió luego hacia las rutas del comercio en Asia, África y Europa, llegando finalmente a las Américas en el siglo XVI. Los indígenas no tenían ninguna inmunidad natural y se estima que un 90 por ciento de las muertes indígenas durante la colonización Europea fue a causa de enfermedades contagiosas y de no ser por la viruela la conquista militar del imperio Azteca hubiera sido bien distinta. Más de tres millones de Aztecas sucumbieron a la enfermedad y gravemente debilitados, fueron vencidos fácilmente. La viruela también causó la muerte de un Emperador Inca y eliminó gran parte de la población Incaica del Oeste de Sudamérica. En Europa, se estima que la viruela acabó con 60 millones de personas sólo en el siglo XVIII y en el siglo XX, con unos 300 millones de personas en todo el mundo.

En 1967, entre 10 y 15 millones de personas contrajeron la viruela, y la Organización Mundial de la Salud lanzó una campaña mundial de erradicación basada en la vacunación. Gradualmente la enfermedad se fue concentrando sólo en el Cuerno de África, y el último caso conocido ocurrió en Somalia en 1977.

Los inicios de la Vacunación.


Durante el siglo XVIII, una gran pandemia de viruela se había extendido por gran parte del mundo y asolaba el viejo continente, dejó a su paso un terrible balance de unos 60 millones de muertes. Timoteo O’Scanlan, un gran médico de origen irlandés afincado en España, que pasó media vida dedicada al estudio del virus, calificaba aquella horrible enfermedad como «una guadaña venenosa que siega sin distinción de clima, rango, ni edad». En eso momentos no había cura posible, Ya desde el siglo XVI los hindúes practicaban la variolización, que consistía en inocular de forma intencionada un poco de las costras secas de un enfermo a una persona sana para exponerla al virus. De esta forma la exposición al virus era más leve que la adquirida de manera natural y como la viruela deja inmunidad de por vida, la persona quedaba así protegida, pero esta técnica era peligrosa y hasta en un 3% de los casos podía ocasionar la muerte. Esta técnica se usaba de forma habitual en la Inglaterra del siglo XVIII y el cirujano y farmacéutico Edward Jenner comenzó en 1770 con una serie de estudios sobre la variolización y dicho trabajos lo llevarían a realizar un experimento que sería crucial en la historia de la humanidad. Se sabía que las personas que ordeñaban vacas, sobre todo en esa época, mayormente mujeres, desarrollaban unas ampollas en las manos, que se llamaba viruela de las vacas, y era sabiduría popular que las ordeñadoras no enfermaban de la viruela humana.

Así en el año 1796 Jenner en vez de inocular una pústula de viruela humana, usó el liquido de una de esas ampollas de las manos de las ordeñadoras, que tenían el virus de la viruela de las vacas. El hijo de su jardinero de 8 años fue el primer "voluntario", tuvo un poco de fiebre pero nada más, unos meses después le inyecto el virus de la viruela humana y no le afectó, nunca padeció viruela, estaba inmunizado, lo repitió con más voluntarios y el método funcionaba. La historia de la vacunación había comenzado. En 1800, Richard Dunning colega de Jenner introdujo el termino de "vacunación" para describir este nuevo método de variolización.


Tras hacerse públicos sus eficaces resultados en la lucha contra la viruela, el trabajo de Jenner encontró eco en el español Francisco Javier Balmis, alicantino nacido en 1753 que estudió cirugía en el Hospital Real Militar de Alicante. Posteriormente ejerció en La Habana y en Ciudad de México. Se trataba de una persona que estaba muy atenta a todas las novedades e investigaciones de su campo. De hecho, él mismo llevó a cabo varios estudios para la curación de las enfermedades venéreas. Su gran prestigio le llevó a convertirse, al volver a España, en el cirujano de cámara del rey Carlos IV (1795). En esta época fue cuando conoció los trabajos de Jenner sobre la viruela. Ya en el mismo 1796, año en el que Jenner realizó su primer ensayo de la vacuna, Balmis publicó la “Introducción para la conservación y administración de la vacuna, y para el establecimiento de juntas que cuiden de ella”. En 1803 tradujo al español el “Tratado Histórico y Práctico de la Vacuna”, de Jacques Louis Moreau de la Sarthe, uno de los mayores divulgadores de la vacuna.


La primera misión médica humanitaria.

En 1802 surge una terrible epidemia de viruela en los virreinatos de Nueva Granada ( actual Colombia) y del Perú y se pidió ayuda a España, es entonces cuando Balmis presenta a la Junta de Cirujanos de Cámara un proyecto para propagar la vacuna en los territorios españoles de ultramar .En aquella misma centuria habían tenido lugar las grandes expediciones científicas que, bajo el impulso de la Ilustración, recorrieron el planeta recogiendo el saber de todas las ramas del conocimiento, al estilo de la Enciclopedie francesa. Botánica, ingeniería, medicina, cartografía, historia natural o etnografía fueron algunos campos que se enriquecieron con los viajes de Malaspina, Jorge Juan, Mutis o Cuéllar. Teniendo en cuenta esto y que el propio Carlos IV perdió en 1794 a su hija María Teresa de tres años a causa de la viruela, a Balmis no le costó mucho convencer al rey de la necesidad de la misión para poner en marcha una expedición filantrópica alrededor del mundo que permitiese llevar la vacuna a todos los territorios que conformaban los últimos vestigios del Imperio español. Ya el 30 de noviembre de 1798, el rey emitió una Real Cédula por la que se imponía la práctica de la inoculación de la viruela a la población en España.


Se había intentado enviar la vacuna a América con suero seco protegido entre dos cristales y sellado con parafina, pero nunca se había tenido éxito con ese procedimiento. Tampoco existían vacas que estuvieran enfermas de la viruela vacuna en América en esa época. Así que la única manera posible de transportar el virus vivo en aquella época era… en personas infectadas. Concretamente se utilizaron niños, los llamados “niños vacuníferos”. ¿Por qué niños? Pues porque los niños eran los que mejor respondían a esta técnica de inmunización. Los elegidos que fueran a actuar como reservorios o transporte del virus debían ser niños que no hubieran pasado la viruela ni hubieran sido vacunados. Lo que se haría es inocular la viruela de las vacas de un niño a otro por medio de una lanceta, de manera similar a lo que hizo Jenner en sus experimentos, y formando una auténtica cadena humana. Balmis sabía que a los ocho-diez días de la inoculación las vesículas que aparecían en la piel ya tenían en su interior suficiente cantidad de virus como para a partir de ese líquido, pasar los virus a un nuevo niño. Para evitar “riesgos” de pérdida de la vacuna durante la expedición se realizaba la inoculación a dos niños cada vez.


Evolución de las pústulas tras la vacunación.

Atendiendo a la previsible duración del viaje navegando en la corbeta María Pita y sus vicisitudes, comportamiento de los vientos, corrientes, se estimó que eran imprescindibles 22 niños pues por el sistema de hacer los contagios para mantener la linfa vacunífera cada 10-12 días y en parejas, ese número garantizaba poder llegar desde el puerto de La Coruña a alguno del Caribe (Puerto Rico) o del continente Americano, la Guaira (Venezuela).


Balmis “consiguió” seis niños de una casa de huérfanos en Madrid, necesarios para llevar la vacuna hasta La Coruña, de cuyo puerto partiría la Expedición a bordo del María Pita. Sin embargo, para hacer toda la travesía hasta Puerto Rico, primera parada del viaje, manteniendo el virus activo, necesitaba más niños. Seleccionó a 18, todos chicos, de entre tres y nueve años, de la Casa de Expósitos de La Coruña. Esos 18 y cuatro de los que venían de Madrid fueron los 22 niños que embarcaron rumbo a América.


Ya hemos visto como en esa época la manera de mantener vivos los virus procedentes del liquido de las ampollas era pasándolo de brazo en brazo entre las personas, por eso para Balmis el principal problema que se presentaba para aquel trascendental viaje, que acabó prolongándose desde 1803 a 1806, era la forma de conservar la muestra original infectada con la que se realizarían las sucesivas inoculaciones, ya que el virus apenas se conservaba viable durante unos cuantos días. La fórmula que Balmis finalmente adoptó consistía en inocular el suero bovino a una primera pareja de niños para, al cabo de una semana, infectar a otros dos con las pústulas de los anteriores, y así sucesivamente hasta tocar puerto en América. El plan era temerario y éticamente más que dudoso. Se eligió a niños porque, a falta de unos análisis que entonces no existían, podía establecerse con seguridad que no habían padecido la viruela. El dilema fue tremendo a los niños no solo se les contagiaba de una enfermedad mortal, sino que además se les sometía a un viaje marítimo lleno de posibles complicaciones en el que incluso muchos adultos no sobrevivían al viaje. Como no encontrarían a ningún padre que cediera a sus hijos para tal misión, la solución fue recurrir a niños huérfanos y aquí entra en juego la Casa de Expósitos de La Coruña que, desde 1800, dirigía la enfermera Isabel Zendal, formada en el Hospital de la Caridad y que precisamente había perdido a su madre por causa de la viruela siendo tan solo una niña. Aunque aún permanecen poco claros muchos aspectos de su procedencia, e incluso de su nombre y apellidos reales. Las investigaciones más recientes indican que Isabel debió nacer entre 1771-1772 en el seno de una familia humilde de Santa Marina de Parada, La Coruña. Uno de los 22 niños de la expedición, Benito, de 7 años de edad, pudo haber sido su propio hijo, natural o adoptivo.


Isabel era la rectora de la Casa de Expósitos (niños huérfanos y abandonados) de La Coruña cuando se gestó la expedición y recibió el encargo de cuidar a los niños, para que la “vacuna” pudiera llegar en condiciones a su destino. En aquel tiempo, La Coruña contaba con unos 15·000 habitantes y su área de influencia unas 5000 más. En la inclusa coruñesa, abierta en 1793, se recibían unos 100 niños al año, que en su mayoría se distribuían en familias de acogida o eran enviados a Santiago de Compostela. En la inclusa se encargaban del cuidado directo de solo unos 30 niños, pues contaban con muy escasos fondos. Isabel Zendal se hizo cargo del hospicio en los primeros meses de 1800 y permaneció en el puesto hasta que partió la Expedición Balmis, el 30 de noviembre de 1803. Isabel Zendal se había ganado una merecida fama en la ciudad por haber trabajado incansablemente para mejorar la vida de los niños que estaban a su cargo, hizo innumerables obras en el edificio, mejoró sus instalaciones, puso todo su empeño en asegurar la higiene de aquella pequeña comunidad, y pasó innumerables noches en vela cuidando de los pequeños como la madre entregada que nunca tuvieron. Aunque aquella vida no era fácil para los huérfanos, su particular ángel de la guarda siempre les procuró pan blanco y carne cuando estaban enfermos, se preocupó de que fueran dignamente vestidos a la escuela y, en fechas señaladas como la Pascua o el Corpus, nunca les faltó algún dulce capricho.

Isabel Zendal Gómez fue uno de los pilares de la Expedición Balmis. La función de Zendal durante la travesía era de decisiva y crucial importancia, pues había que conseguir que la "vacuna" llegara "viva". Los niños se escogieron teniendo en cuenta de que no hubieran estado en contacto con la viruela. Una vez desarrolladas las pústulas tras la inoculación, cada 10 días se traspasaba el pus de las lesiones de una pareja de niños al brazo de otra pareja, cuidando mientras tanto los contactos con otros niños en espera para evitar contagios no previstos, es difícil imaginar el gran trabajo profesional y al mismo tiempo maternal del equipo dirigido por Zendal para controlar y cuidar a aquellos niños que arriesgaron sus vidas para salvar a millones.


Un imperio por vacunar

El 30 de noviembre de 1803, la corbeta María Pita partía del puerto de La Coruña, con Balmis como director de la expedición y el cirujano José Salvany como segundo de a bordo, acompañados de varios médicos y enfermeras, además de los huérfanos a cargo de Isabel Zendal, entre los que se encontraba su propio hijo Benito.


La primera escala en aquel largo viaje tuvo lugar pocos días más tarde en la isla de Tenerife, donde se inoculó la vacuna a varios niños, para poco a poco ir diseminándola por el resto del archipiélago canario. Después de pasar la primera Navidad a bordo del barco, en febrero arribaron a las costas de Puerto Rico y desde allí, tras pasar por La Habana, pusieron rumbo al continente, llegando en marzo a la ciudad de La Guaira, en la actual Venezuela.

Transcurrieron dos meses de arduo trabajo en los que aquellos expedicionarios recorrieron buena parte del norte de Nueva Granada, para acto seguido dividirse en dos grupos y así poder cubrir un mayor territorio. El primero, al mando de Salvany, se dirigió hacia el sur, llegando desde Cartagena de Indias a Medellín, Quito y Lima, internándose en el corazón del virreinato del Perú hasta La Paz. Este viaje se acabó prolongando hasta 1810, fecha en la que el propio José Salvany cayó enfermo y murió en la antigua ciudad inca de Cochabamba.


El segundo grupo, comandado por el propio Balmis, se dirigió hacia el norte con la intención de extender la vacuna por el Caribe, Centroamérica y el norte del continente, en muchos casos sin la colaboración de las autoridades locales. La misión que llevó la vacuna por los virreinatos sudamericanos estuvo llena de penalidades y casi todos sus miembros murieron. El médico se encontró a veces con grandes reticencias entre la población local. No en vano ningún padre quería dejar que a su hijos sanos se les introdujera una enfermedad mortal con la promesa de que (seguramente) no les pasaría nada. A bordo del navío Magallanes, Balmis partió de nuevo desde Acapulco (México) a Filipinas, llegando a Manila en abril de 1805. Después Balmis marchó a Macao, entonces posesión portuguesa, y a Cantón y gracias a los tres niños que iban con él difundió la vacuna por territorio chino. Tras eso, Balmis decidió regresar a la metrópolis, por lo que tuvo que pedir un préstamo con el que sufragar un pasaje hasta Lisboa, pues se había quedado sin dinero. Llegó a la capital portuguesa en febrero de 1806, no sin antes haber dejado alguna vacuna en una escala en la isla de Santa Helena (territorio británico de ultramar). Otros componentes de la expedición volvieron a México. Isabel Zendal entre ellos, afincándose definitivamente con su hijo en México, muriendo en Puebla de los Ángeles unos años después. Balmis volvió de nuevo a México en 1810 para comprobar los avances. Su vuelta definitiva a Madrid se produjo en 7 de septiembre de 1813. Carlos IV lo recibió en su palacio de San Ildefonso, donde lo colmó de honores y felicitaciones. Había terminado el que el naturalista Alexander von Humboldt calificó como el viaje "más memorable en los anales de la historia".


Isabel Zendal y los 22 niños clave en el éxito de la misión.

De los 22 niños que partieron para América 4 vinieron desde orfanatos de Madrid; otros 11 de una pequeña inclusa existente en La Coruña, anexa al Hospital de Caridad; otro, llamado Benito, lo aportó su madre, Doña Isabel Zendal Gómez, que era la rectora de esa inclusa y fue contratada para incorporarse a la expedición ejerciendo el papel de enfermera y cuidadora de todos los niños; los 5 restantes los aprontó la mayor inclusa de Galicia, vinculada al Gran Hospital Real de Santiago. Todos debían no haber padecido viruelas, porque serían inmunes para el referido sistema transmisivo de la linfa; no padecer otras enfermedades sensibles que crearan problemas y tener un carácter adecuado para soportar las duras condiciones de un viaje transoceánico largo y penoso.

De los 22 grandes héroes de aquella gesta, niños de 3 a 9 años, solo quedan sus nombres y edades en sendas 22 placas en una balconada de la Casa del Hombre de los Museos Científicos Coruñeses, a modo de homenaje los reseño : Antonio, Francisco, Vicente, Pascual, Martín, Juan Francisco, Tomás, Juan Antonio, José Jorge, Clemente, Manuel María, José Manuel, José, Andrés, Domingo, Vicente María, Cándido, Francisco Antonio, Gerónimo, Jacinto, Pascual y Benito.


La complicada travesía por el Pacífico llevó al límite del agotamiento a una Isabel Zendal de la que Balmis escribió, en una carta dirigida a José Caballero, ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV: «La rectora, con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud; infatigable noche y día, ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre sobre los angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades».

Había que cuidar a los niños y estar pendiente de que estuvieran bien cuidados, aseados y alimentados, el viaje sería peligroso y muy incomodo para los niños, mareos, vómitos, gastroenteritis, parásitos, posibles accidentes, y además inoculados con el virus, debiendo evitar rascarse las pústulas para que no se infectaran, gracias a Isabel todas las posibles complicaciones respecto al cuidado y manejo de los niños fueron controladas, y los "22 ángeles" y la vacuna llegaron a América. Cuando la expedición regresó a México, Zendal se acabaría estableciendo con su hijo en la ciudad de Puebla de los Ángeles. En México hay un premio nacional Isabel Cendala y Gómez dedicado a premiar a los profesionales de la enfermería y una escuela de enfermería lleva su nombre.


La Organización Mundial de la Salud reconoció en el año 1950 la enorme labor llevada a cabo por Isabel Zendal, otorgándole el título honorífico de «Primera enfermera de la historia en misión internacional», una misión que el geógrafo Alexander Van Humboldt calificó como el viaje «más memorable del que tiene registro la historia» y sobre la que Edward Jenner, el descubridor de la vacuna, escribió: «No puedo imaginar un ejemplo más noble y más amplio que este en los anales de la historia».


En España ha sido una figura olvidada, una gran desconocida y a la falta de datos biográficos se une «la confusión en torno a su propio nombre», hay hasta 30 formas distintas de citarla, tanto en documentos de España como de América, a lo largo de los últimos 200 años. Una de esas formas está recogida desde el año 1971 en el callejero coruñés, donde figura como Isabel López Gandalia a pesar de que, «de forma mayoritaria los expertos convienen que su segundo apellido era Gómez». Así al menos la cita Balmis, si bien le cambia el primer apellido que en 1804 es Sendalla, un año más tarde Zendalla y en el informe de la expedición de la vacuna, fechado en Sevilla el 6 de diciembre de 1809, la menciona como Ysabel Gómez Sandalla.

Y es a raíz de la pandemia mundial por el Sars-cov-2 cuando el nombre de Isabel Zendal se empieza a conocer en nuestro país, debido a que el 1 de diciembre de 2020, la Comunidad de Madrid ha inaugurado un Hospital de emergencias que lleva el nombre de la enfermera coruñesa, queriendo de esta manera rendir un merecidísimo homenaje a una auténtica heroína en la que, hoy en día, se ve reflejado el admirado colectivo sanitario que tan formidable trabajo está realizando frente a otro virus, el Covid19, convertido en la nueva pandemia del siglo XXI. Lamentablemente la creciente politización y continuos enfrentamientos entre partidos en referencia a la gestión de la pandemia y del nuevo hospital, está haciendo que el buen nombre de Isabel Zendal se vea salpicado por estos desmanes y bajezas partidistas que no aportan ni ayudan en nada a los profesionales, que se dejan la salud en su trabajo y mucho menos a los pacientes que ninguna culpa tienen. Creo que una de las protagonistas de la expedición de Balmis que contribuyó de manera altruista a salvar a millones de vidas en el mundo, no se merece que su nombre sea vilipendiado, por intereses partidistas y mucho menos que un hospital que lleva su nombre y cuyo fin es el de ser un lugar para atender y tratar pacientes, se vea como un lugar que implica desconfianza y al que los paciente no quieren ir por miedo a ser mal atendidos. Es una vergüenza, y debería hacerse un trabajo intenso para limpiar la imagen y sobre todo el buen nombre de dicho centro que nació con el objetivo de salvar vidas, no de servir de arma arrojadiza entre políticos.


Quisiera a modo de reflexión personal, apuntar que para mí y habida cuenta de los sacrificios que hicieron algunos de sus integrantes, la expedición debería llamarse Balmis-Salvany-Zendal porque, si bien la dirige el primero , sin la colaboración de su segundo y de la inestimable labor de Zendal, la vacunación no hubiera llegado tan lejos. Salvany era cirujano militar como Balmis y entre finales de 1803 y 1806, continua la tarea vacunífera por gran parte de Sudamérica, y como otros de sus colaboradores siempre haciendo gala del espíritu de disciplina, servicio y honor propios del estamento militar. Salvany llegará a Cochabamba (Bolivia) en 1810, donde fallece tras pasar muchas penurias y enfermedades a los 32 años, ya nunca pudo regresar a España, que siempre le estará en deuda por su trabajo y sacrifico de vida.

Y me gustaría terminar con una palabras del Doctor Marañón. "El verdadero sentido de la gesta de Balmis, no radicó en su proeza sino en una representación arquetípica del espíritu típico del siglo XVIII. En el hombre sensible, en la ilustración y en la filantropía".

Dr. José Javier Domínguez González. Vicepresidente área Médica. ICLFoundation. Especialista en Cirugía Ortopédica Oncológica. MD Anderson Cancer Center. y en Medicina Familiar y Comunitaria.



¿ALGUIEN RECUERDA A LOS CUATRO ESPAÑOLES OLVIDADOS QUE CAMBIARON EL MUNDO LUCHANDO CONTRA EPIDEMIAS Y SALVANDO INNUMERABLES DE VIDAS?


1.º La corteza que combatió la fiebre extrema

José Celestino Mutis y Bosio (Cádiz, 1732) sacerdote que dedicó su vida a la medicina, a la geografía, y al estudio de la flora y la fauna de Nueva Granada. Sin embargo, su mayor aportación a la ciencia terapéutica, se centró en el estudio de los características botánicas, agrícolas, comerciales y médicas de la exótica droga llamada «quina» o «cascarilla». Este «oro verde», que se extraía de la corteza de una especie de árbol originario de América del Sur en la selva Amazónica, fue introducido en Europa por los jesuitas españoles ya en el siglo XVII como poderoso febrífugo, del que se dijo que «fue para la medicina lo que la pólvora para la guerra». En el mundo anglosajón, sin embargo, la quina fue durante mucho tiempo calificada de «corteza satánica» y se negó su uso para tratar a personas contagiadas por fiebres extremas. El empleo de la quina para combatir el paludismo, fiebres tercianas y otras enfermedades similares revolucionó las teorías medievales de que las enfermedades frías había que combatirlas con sustancias calientes, y viceversa. Gracias a los usos hallados por Mutis, la Real Botica española se convirtió en el centro receptor de las cortezas de este árbol y, con ello, llegó a convertirse en uno de los centros científicos más importantes de Europa. El Colegio de Cirugía que desarrolló, en base a un plan de estudios de la medicina moderna, se copió en el extranjero y se exportó por todo el mundo.


2.º Una solución al cólera

Durante la epidemia de cólera de 1885 surgida en Valencia el doctor Jaime Ferrán y Clua, pionero de la bacteriología, consiguió realizar con éxito cientos de vacunaciones en pueblos de la costa levantina, aunque se mostró incapaz de frenar el avance de la letal enfermedad hacia el interior de España. Se calcula que llegaron a morir diariamente en España de quinientas a seiscientas personas.

Además de al cólera debió enfrentarse a parte de la clase médica francesa y española, que tardaron en reconocer la efectividad de su vacuna. Finalmente, su brillante trabajo fue reconocido por la Academia de Ciencias de París, que le concedió en 1907 el Premio Bréant.

Jaume Ferrán i Clua (Corbera de Ebro, Tarragona, 1851) desarrolló su vacuna contra el cólera, además de otras contra el tifus y la tuberculosis, justo unos meses antes del nacimiento de la primera vacuna antirrábica de Pasteur, cuyos trabajos siguió muy de cerca. El médico catalán también fue responsable de una serie de medidas profilácticas de las infecciones para los soldados durante la Primera Guerra Mundial


3.º Un gran desconocido contra la difteria

Sin grandes lujos, sin panteones suntuosos, lejos de monumentos funerarios, en la periferia de algunos de los cementerios que dan descanso a personas fallecidas a finales del siglo XIX, hay una infinidad de pequeñas tumbas con huéspedes aún más pequeños, todos fallecidos en fechas muy parecidas. Son los lugares de descanso de los miles de niños afectados por la difteria, una enfermedad que se ensañó con España y sobre todo con la capital.

Un doctor hoy olvidado trabajó más que nadie para remediar esta tragedia en la ciudad de Madrid. El canario Vicente Llorente, que había estudiado en laboratorios de París y Berlín los avances de la sueroterapia, pagó de su propio bolsillo la compra de suero antidiftérico y fundó en España el Instituto Microbiológico de Sueroterapia. El médico canario no solo exportó del extranjero esta cura, también creó un modelo de producción científico e industrial del suero para España, aunque también se usó en otros países, que ayudó a salvar miles de vidas.

Un artículo de ABC de 1923 titulado «El Instituto Llorente. Una gran obra científica, humanitaria y patriótica» describió así los logros de su labor científica y humanitaria: «Una ráfaga de emoción, que es orgullo noblemente patriótico y gratitud entrañablemente humana, envuelve el espíritu de todo aquel que visita la institución que con acierto fundó en Madrid el doctor Vicente Llorente y Matos. El Doctor Llorente consagró de por vida cuanto poseía: ciencia, tiempo y fortuna a la creación dos servicios: el de la curación de la difteria, en cuya estadística aparecen más de 20.000 casos, todo un pueblo infantil, y el antirrábico, que registra más de 4.000 tratados por el método de Pasteur. La elocuencia de estos datos está por encima de los elogios. Es lo redentoramente divino en lo humano… El alma del fundador alienta en su fundación. Orden, método, ciencia y conciencia, rectitud de juicio clínico, vocación al sacrificio, fueron y son las normas de vida del Instituto Llorente».


4.º El descubrimiento sobre la fiebre amarilla

Hoy en día, la fiebre amarilla o vómito negro (también llamada plaga americana) es una enfermedad que es aún endémica en África y en regiones subdesarrolladas. No obstante, durante mucho tiempo esta patología transmitida por mosquitos de los géneros Aedes y Haemagogus supuso un gran problema para las poblaciones de América, especialmente en las áreas subtropicales y tropicales de Sudamérica, pues sobre todo afectaba a los que venían de Europa. La transmisión de la fiebre amarilla fue durante siglos un misterio para la ciencia hasta que, en 1881, el español Carlos Finlay descubrió el papel del mosquito que lo transmite.

Juan Carlos Finlay Barres (Puerto Príncipe, Cuba) llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera en La Habana a partir de 1868. Su principal aporte a la ciencia mundial fue su explicación del modo de transmisión de la fiebre amarilla, que durante años fue debatida y descartada por otros científicos. Finlay y su único colaborador, el médico también español Claudio Delgado Amestoy, realizaron, desde el año 1881, una serie de inoculaciones experimentales para tratar de demostrar al mundo que se transmitía a través de la picadura de los mosquitos.

Entre 1893, 1894 y 1898, Finlay divulgó a nivel mundial las principales medidas que se debían tomar para evitar las epidemias de fiebre amarilla: destrucción de las larvas de los mosquitos transmisores en sus propios criaderos y prevención y vigilancia en las temporadas más húmedas. A pesar de las persistentes dudas de la comunidad científica, su método de erradicación logró eliminar la enfermedad de La Habana hacia 1901 y en pocos años se volvió casi inexistente en el Caribe.



185 vistas0 comentarios